Sunday, January 30, 2011

The Ballerina

[from Gabriela Mistral’s Lagar, 1954]

Now the ballerina dances
the dance of losing all.
Everything she's owned she lets fall,
parents & siblings, country & gardens,
sound of her river, her roads,
her story of home, her face
& name & childhood games
like one who lets whatever she had
fall from her neck, her breast, her soul.

At dawn of day & solstice
smiling she dances her perfect ruin.
Her arms fling to the wind the world
that loves & hates, smiles & kills,
the land ripe for a blood harvest
night of the spent & sleepless
& chattering teeth of the homeless.

No name, race or creed, nude
through, she yields,
fair & pure, flying feet.
Like a tree, shaken, & mid-whirl,
she's a witness, turned.

She doesn’t dance the flight of the albatross
spotty with salt & larking in surf;
nor the rise & fall
of crushed cane fields.
Nor wind whipping sails,
nor the smile of tall grasses.

They won’t admit her christened name.
She left her caste & flesh
scuttled her blood lullaby
& ballads of puberty.

Unaware we toss her our lives
like a poisonous red dress
& she dances so, bitten by snakes
fast & free they scale her,
& let her fall on a beaten flag
or a garland torn to pieces.

Sleepwalking, reborn as what she hates,
knowing nothing else, she keeps on dancing
grimaces fleet & repeating
gasping at our gasp,
blocking the air that fails to brace
solitaire & vortex, vile & pure.

We are her gasping chest,
her bloodless pale, her lunatic cry
hurled at sunset & sunrise
her veins of red fever,
her childhood God, forgotten.


La bailarina

La bailarina ahora está danzando
la danza del perder cuanto tenía.
Deja caer todo lo que ella había,
padres y hermanos, huertos y campiñas,
el rumor de su río, los caminos,
el cuento de su hogar, su propio rostro
y su nombre, y los juegos de su infancia
como quien deja todo lo que tuvo
caer de cuello, de seno y de alma.

En el filo del día y el solsticio
baila riendo su cabal despojo.
Lo que avientan sus brazos es el mundo
que ama y detesta, que sonríe y mata,
la tierra puesta a vendimia de sangre
la noche de los hartos que no duermen
y la dentera del que no ha posada.

Sin nombre, raza ni credo, desnuda
de todo y de sí misma, da su entrega,
hermosa y pura, de pies voladores.
Sacudida como árbol y en el centro
de la tornada, vuelta testimonio.

No está danzando el vuelo de albatroses
salpicados de sal y juegos de olas;
tampoco el alzamiento y la derrota
de los cañaverales fustigados.
Tampoco el viento agitador de velas,
ni la sonrisa de las altas hierbas.

El nombre no le den de su bautismo.
Se soltó de su casta y de su carne
sumió la canturía de su sangre
y la balada de su adolescencia.

Sin saberlo le echamos nuestras vidas
como una roja veste envenenada
y baila así mordida de serpientes
que alácritas y libres la repechan,
y la dejan caer en estandarte
vencido o en guirnalda hecha pedazos.

Sonámbula, mudada en lo que odia,
sigue danzando sin saberse ajena
sus muecas aventando y recogiendo
jadeadora de nuestro jadeo,
cortando el aire que no la refresca
única y torbellino, vil y pura.

Somos nosotros su jadeado pecho,
su palidez exangüe, el loco grito
tirado hacia el poniente y el levante
la roja calentura de sus venas,
el olvido del Dios de sus infancias.

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